Preguntas para autobservarme y aprender de mí.

Contribución de Isabel Hernández Negrín de Las Palmas de Gran Canaria, España

 

Según las acepciones de la Real Academia de la Lengua de España el Prejuicio es la acción y efecto de prejuzgar y sería una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

 

Uno se puede preguntar por qué alguien querría reforzar o insistir en juicios sin fundamento reconocido.  Si la honestidad fuera nuestro objetivo, parecería fuera de toda lógica. Sin embargo, la honestidad no es el faro que ilumina mecánicamente nuestra vida. El faro es otro.

 

Todos hemos escuchado mensajes soeces o infamantes sobre grupos o personajes, como que los gitanos son ladrones, los chinos sucios y no pagan impuestos, los musulmanes extremistas, los cristianos hipócritas, las mujeres bonitas son tontas, los hombres son racionales, la juventud está perdida, los viejos ya no sirven para nada, etc.

 

Seguramente, estarán de acuerdo en que todos juicios son bastante inexactos. Pero ¿qué tienen esos juicios generales, rápidos y contundentes para aferrarse a la mente de casi todos? Que son fáciles de usar, evitan que uno tenga que analizar finamente cualquier situación o persona para saber cómo posicionarme frente a ella. Con unos prejuicios que parecen comprados en unos saldos, arreglamos muchas situaciones: que es un negro, pues no me fío; que es gitano, me robará; que la chica es inteligente, pues me imagino que será fea. No me digan que no es fácil. Es estupendo.

 

Además, normalmente, no hemos sido los inventores de la idea, sino que la hemos asumido porque lo hemos oído toda la vida o porque lo ha dicho gente de nuestra confianza, así que debe ser cierto. Aunque nunca hemos averiguado si es verdad, lo repetimos y reforzamos esas ideas o prejuicios, que nos vienen tan bien y nos reportan una ilusoria seguridad de saber elegir lo más adecuado.

 

Nuestro cerebro está hecho para hacer esas cosas y ahorrarnos tiempo en la decisión de nuestra conducta. Si viviéramos en la selva o en situaciones peligrosas, eso tiene su gran eficacia y nos podría salvar la vida. Tendríamos juicios sobre las plantas y los animales, los que me pueden comer y los que me puedo comer yo. Saber eso está muy bien. Como nos viene bien en algún sentido, lo repetimos y reforzamos sin ningún cuestionamiento. Más aún, estamos dispuestos a defender esos prejuicios con la vida. De hecho muchas guerras o grandes peleas tienen su origen en prejuicios.

 

Sin embargo, una vida urbana o bastante humanizada como la nuestra, nos permitiría relajarnos y no dejarnos llevar por prejuicios que responden a estereotipos y que, vistos en frío, sabemos que no pueden ser ciertos.

 

Necesitamos prestar atención y observar si alguna conducta del momento responde a prejuicios que me he hecho sobre las personas o las situaciones. Cuando lo observamos y lo descubrimos en el mismo momento en el que sucede, ganamos libertad sobre el prejuicio y caen muchas barreras imaginarias que han creado tensiones innecesarias.

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