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¿Qué sucede con mi energía y lucidez cuando vivo divagando?

Contribución de José Parés Pérez, Concepción, Chile. 

Vivir divagando es una de las condiciones más frecuentes en las que el humano – capacitado para pensar – se  sumerge distraídamente casi sin percatarse de ello. Divagar implica que un pensamiento en nuestra mente enlaza fácilmente con un recuerdo del que se deriva un nuevo pensamiento y así sin demandar para nada nuestra atención. Debe pasar algo que de alguna forma nos conmueve para que nos demos cuenta que hemos pasado un precioso tiempo en esa cadena de pensamientos que no nos llevaron a nada útil.

 

Una actividad que generalmente no es intencional y de serlo deriva rápidamente a asuntos fuera del objetivo inicial. Si había algún objetivo en el proceso de pensamiento, se pierde totalmente no sólo el objetivo, la claridad para el desarrollo lúcido del pensar y, adicionalmente, toda la energía que este proceso mental consume.

 

Un proceso creativo requiere de lucidez, energía y, especialmente, de atención para manejar delicadamente el hilo conductor que nos lleva al objetivo. Sin atención, al igual que en cualquier otra actividad humana que se pretenda llevar adelante conforme al sentido de la vida, no hay ninguna posibilidad de lograr el éxito que esas actividades ameritan.

 

El equilibrio de la actividad humana del pensar requiere la concurrencia de energía, lucidez y atención, y que conocemos cómo concentración. Sin atención a lo que se pretende, se pierde el equilibrio y caemos en la divagación.