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La condición del fracaso

Contribución de Isabel Hernández Negrin de Las Palmas de Gran Canaria, España 

Normalmente quiero ser feliz. No me interesa tanto cómo, … pero no quiero sufrir.

Siguiendo ese camino, me dejo encandilar por mis propios pensamientos: quiero ser feliz; ser rico; amado; admirado,… Hago caso a estos pensamientos que me sirven de orientación.

Hago cosas, muchas cosas, para ser feliz: cursos varios de yoga, de ángeles, de elfos, meditación de varios tipos, danza del vientre; voluntario en hospitales; viajar a lugares exóticos. Hago muchas cosas con la idea de ser feliz, o al menos, con la esperanza de ahuyentar una vida tediosa, poco significativa para uno.

Cuando las cosas no salen como deseamos, nos creemos nuestros relatos llenos de pensamientos engañosos como: “la verdad es que lo intento!; me acuerdo muchas veces de que quisiera ser feliz!; pienso mucho en lo que debo hacer; incluso leo libros sobre ello!”. Intentamos mantenernos a flote con palabras.

No nos damos cuenta de que la felicidad es una quimera que hemos inventado. A la felicidad no se llega. Más bien podemos sentir paz como un efecto colateral que aparece tras poner en orden la propia vida interior. Para arribar a esto es necesario fracasar, es decir, sentir profundamente que lo hecho hasta ahora no ha servido para estar en paz.

La condición del fracaso es aquella que aparece cuando, cansado ya de hacer lo mismo, se reconoce que lo que se hace no ofrece salida y se cuestiona todo lo que, hasta ahora, ha servido de referencia y abandona la rutina para explorar una actitud diferente, que permita con humildad la emergencia de una visión y un posicionamiento integral diferente en la propia vida.

Y esto no es una tarea intelectual. No se trata de dejar unas ideas y apropiarme de otras. Se trata de reconocer que he pisado fondo, que no hay asideros (esperanzas o autoengaños) y que he de detenerme a prestar atención a lo que siento, a lo que creo, a las ideas que me orientaban, a lo que hago y cuestionármelo desde la raíz, sin sentimientos de culpa.

En este sentido “fracasar” es algo deseable, es desvestirme conscientemente  de lo viejo para dar paso a una renovación. No hay renovación sin este tipo de fracaso. No puedo simplemente ponerme ropa nueva sobre la vieja a la que tengo tanto apego. Sería como hacer cursos muy prometedores de autoconocimiento, pero sin encarar mis temores, apegos y rutinas. Algo no termina de encajar nunca.

Por eso quiero hoy dejarles este asunto del fracaso, del cansancio de lo viejo que hay en mí, pues es el primer escalón para una vida honesta y significativa.

Llegados a este punto no hay otra que regocijarse y sacudirse el polvo del camino que ha quedado atrás sin nada pendiente.