Muchos hemos estudiado y aprendido desde pequeños  los ideales a los que debe aspirar el ser humano. La honestidad figura frecuentemente entre las virtudes que adornan estos ideales. Consiste en ser decentes, rectos, dignos…

Aprendimos el deber de ser honestos y el castigo por no serlo. Así que la idea la tenemos clara y sabemos que la honestidad es un valor para muchos.

Cuando se habla de virtudes o valores, muchas veces lo hacemos como si de ideas o ideales se tratase, cuando yo, sin embargo, lo veo mucho más ligado a la práctica y la atención.

Por poner un ejemplo, diría que si quiero aprender a esculpir, no solo me documentaré sobre la escultura, su belleza, los escultores/as y su historia. Mucho más imprescindible es observar cómo me relaciono yo con esa virtud que valoro; la comprensión del significado amplio de esa cualidad y por supuesto practicar la actitud. Y en esa práctica, observar mi dificultad para hacerla realidad, mis justificaciones, mis postergaciones, mis interpretaciones torcidas y mi pereza frente a los viejos hábitos.

Es ahí, en el instante en que la realidad me pone delante la ocasión de ser honesto, donde puedo observar mi reacción y mi conducta final. Es ahí, en ese instante, en el presente, en el que observo sin crítica y actúo, aprendo y me conozco mejor.

Las virtudes son fruto de la meditación, de la intención y del ejercicio, aquí y ahora.

Por eso mismo, el que esa virtud pueda expresarse en mi vida dependerá de que haya meditado sobre su significado e importancia para mí, de que sea capaz de tener presente mi intención en mi vida normal y que sea capaz de decidir mi conducta en línea con esa virtud.  En fin, depende de lo que yo quiero hacer con mi vida. Nadie me impide ser honesto, sólo yo, aquí y ahora.  Yo siempre elijo. 

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