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¿CUAL es el COSTE de confundir la PALABRA con el HECHO?

Contribución de Isabel Hernández Negrin de Las Palmas de Gran Canaria, España 

Cuando somos pequeños todo nos llena de asombro: un tornillo, un muñeco, una mano, una cinta de colores. Cualquier cosa es nueva y fantástica. Cuando somos muy pequeños no las nombramos, no sabemos que a todas esas cosas se les ha dado un nombre.

Cuando ya crecemos y vamos conociendo los nombres de las cosas, éstos nombres van sustituyendo al asombro. Parece que por darle un nombre ya conocemos el hecho.

Uno de los costes de este fenómeno es el efecto sobre la curiosidad. ¿Te parecen curiosas las cosas y personas que ya das por conocidas?   ¿No te parece que cuando ya conoces algo tu curiosidad por ello disminuye? Es lo habitual. Nada raro.  La cosa es que la palabra es como una foto fija y en la vida las fotos fijas no existen.

De ahí viene otra consecuencia de confundir la palabra con el hecho: Nos aislamos de la realidad actual del hecho que sea. Funcionamos con la idea/palabra que nos hicimos del hecho tiempo atrás y ya no volvemos a indagar en ello. Las cosas cambian (incluso nosotros), pero empleamos las viejas ideas o palabras para relacionarnos con él. Eso crea confusión, irritación, violencia, frustración, etc. porque algo o alguien no se comporta como la foto fija que tenía de ella.

¿Somos muy conservadores de nuestras imágenes o palabras/ideas?  ¿Te cuesta estar abierto a que las cosas no sean como las has pensado? Se honesto, por favor!

Observa este asunto a lo largo de este día. Observa cuando te aferras a una forma de ver las cosas.  Observa si confundes el mapa (palabra-idea) con el territorio (hecho).