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Somos en buena parte el fruto del condicionamiento de la educación que otras personas nos proporcionaron. Entre todos esos condicionamientos quizás el que más ha afectado a nuestra existencia es el del tiempo.

 

Desde pequeños aprendimos a condicionar el presente a nuestras metas, es decir al futuro. Para llegar a ser alguien en la vida, se nos enseñó, que debíamos estudiar una carrera que nos «preparase» para convertirnos en personas de valía, en profesionales competentes.

 

No solo aprendimos en esta dinámica que el valor no estaba en nosotros mismos, en lo que éramos, pues estaba condicionado a aquello que debíamos alcanzar, sino que aprendimos a «soñar» el futuro como algo que existe y que alberga el valor de la esperanza, por el cual podemos concebir un presente mejor que el actual. Ambas coordenadas realmente no existen en la realidad, solo existen en nuestras mentes. Si dejamos de pensar en el mañana, este «desaparece» pues nuestra mente deja de tenerlo en cuenta.

 

Si dejamos de cifrar «nuestras esperanzas» en el futuro, desaparece esta presión pues el futuro no existe como realidad que pueda presionarnos, el futuro «existe» solo si lo pensamos.

 

Realmente es muy desorientador para el modelo de vida que hemos vivido hasta ahora, aceptar que ni el pasado ni el futuro existen, que lo único que existe es el instante presente.

 

Aceptar que el pasado no existe, tiraría por la borda la creencia de que el ayer me «empuja» con sus culpas y asignaturas pendientes, pues me implicaría a aceptar que este solo existe en mi imaginación y que el sufrimiento o el placer que me proporciona el evocarlos solo es fruto de un espejismo, de la ilusión de imaginar cómo vivo algo que en realidad no existe.

 

Un saludo,

 

Esteban