1995 El tiempo de la vida

«La vida no consiste en recordar el pasado con nostalgia, ni esperar el futuro con ansiedad, sino en vivir el presente con pasión.»

Anónimo

El estado de armonía personal requiere que estemos presentes, convirtiéndonos en observadores de nuestra vida. Como cuando logramos encajar una pieza dentro de otra para completar un puzzle, precisamos vivir atentos al presente para que la vida encaje en nuestra existencia.

El contenido natural de la conciencia es la existencia presente. Esta, convierte a la vida en el objetivo de la vida.

Vivir el tiempo de la vida, requiere aprender a utilizar el pensamiento cuando lo precisemos y no quedar atrapados en su dinámica sin freno. El pensamiento siempre distorsiona lo que percibimos a través de los sentidos, ya que está condicionado por nuestras creencias y prejuicios. Por ello es preciso aprender a utilizar el pensamiento cuando requiramos de sus valoraciones. Utilizarlo para aportarnos esclarecimiento y solo de forma voluntaria y conciente. Como cuando decidimos encender o apagar  la luz de nuestra habitación, en contraste a dejarla indefinidamente encendida. Vivir el presente implica atender la vida más allá de cualquier actividad del pensamiento y de nuestras emociones. Se trata de estar alerta a lo que vivo, a lo que percibo a través de mis sentidos, sin perderme en las interpretaciones que proponen mis pensamientos involuntarios. Mientras atiendo a mis sentidos puedo atender las voces, las imágenes que surgen de mi pensamiento y las emociones que les acompañan. Los primeros provienen de estímulos externos, mientras que los segundos constituyen estímulos internos traducidos por el pensamiento y las emociones. Atender estas voces, imágenes y emociones que se repiten en el tiempo puede darnos la oportunidad de descubrir muchos de nuestros patrones mentales, esos que han gobernado los sistemas creencias con los que hemos interpretado la vida a lo largo de nuestra existencia. No se trata de enjuiciarlos. Se trata simplemente de atenderlos manteniendo nuestra experiencia del presente. Las creencias perderán contundencia, consumiéndonos menos energía, dejando espacio a una visión más abierta sobre lo que percibimos, menos condicionada a nuestros juicios reactivos y más conciente y creativa. Es más sencillo crear cuando no nos vemos condicionados por los patrones de creencias que sostienen al pensamiento que vaga sin rumbo. Es más sencillo crear cuando vivimos abiertos a la realidad presente.

Vivir el presente nos hace libres psicológicamente pues nos ayuda a superar nuestros conflictos internos. Al estar atentos a lo que nos sucede internamente podemos iluminarnos a nosotros mismos y comprender a través de la observación de nuestras emociones y pensamientos la naturaleza de nuestras dificultades. Reconocer la falsedad y el autoengaño en un hábito o en una creencia nos abre un nuevo espacio de posibilidades: la profunda y sencilla motivación de ser verdaderos y honestos con nosotros mismos, la motivación de hacernos congruentes con los valores de la vida.

Vivir el presente genera paz pues nos conecta con lo que somos y no con una identidad construida por los desvaríos del pensamiento. Hace a las verdades algo sencillo. Genera una profunda alegría de encontrarnos con la vida y una vivificante experiencia de vitalidad física. Aprender a estar presente es una necesidad que hemos de aprender a satisfacer durante nuestra vida diaria. Es una disciplina necesaria para cualquier organización que aspire a desarrollar una cultura efectiva con la que mejorar la salud mental y emocional de su comunidad así como la energía y la creatividad de sus miembros. Vivir el presente aumenta nuestra capacidad de observar y escuchar, factores esenciales para una comunicación significativa.

Vivir el presente nos permite experimentar  la belleza conmovedora de percibir la vida expresándose. Como Heráclito desde la orilla podemos captar el fluir de las aguas del río que se transforma presente a presente, dándonos la oportunidad de conectar con la vida misma y descubrir lo nuevo y lo creativo. Todo esto más allá de la interpretación que hagamos de la vida a través de nuestros pensamientos condicionados y por ende limitados en creatividad.
Vivir el presente nos energiza. Nos llena de la contagiosa  vitalidad que irradia el sosiego de mostrarnos atentos y solícitos a nuestra propia vida.

Atender el presente nos permite superar la divagación y sus consecuencias. Nos desencadena del tiempo del pensamiento desde el cual no hay evolución sicológica. Nos prepara para ver la vida sin resistencia ni prejuicios, más allá de las creencias que limitan nuestras relaciones y nuestra creatividad. Nos hace libres paso a paso en la medida que aprendamos a responsabilizarnos concientemente desde la observación de las respuestas que demos a la vida. Nos adiestra en el desarrollo de nuestra capacidad para mantenernos atentos  a los aspectos importantes de la vida, ampliando el enfoque de lo que nos interesa, a uno que incluya el entorno y aquello que es importante para todos. Atender el presente favorece el  conocimiento de la naturaleza en cada persona, dando espacio a su auto valor y robusteciendo la seguridad en si mismo. El individuo aprenderá a conocer su realidad, atento a lo que percibe, siente y piensa. Aprenderá a conocerse mientras actúa y vive. Aprenderá a ser coherente con la armonía, aprendiendo a expresarse desde lo que experimenta como armonioso. Todos estos atributos resultan indispensables para cualquier organización que pretenda adaptarse con armonía y creatividad en estos agitados tiempos.