2000 El pensamiento compulsivo y el estrés

«La vida es eso que se te pasa,
mientras estás planeando otras cosas.»

John Lennon

La mayor parte de la energía de nuestras vidas se pierde en imaginar el pasado y el futuro, toda una paradoja ya que la vida solo discurre en el presente.

La mayor parte de de nuestras vidas la vivimos engañados al identificar la vida con lo que pensamos de ella. En lugar de atender lo que percibimos de la vida a través de nuestros sentidos, vivimos arrastrados por la cadena de pensamientos que interpretan de forma refleja y reactiva lo que perciben nuestros sentidos.

Pasamos la vida faltos de atención al presente, divagando con imágenes del ayer o del mañana a las que les acompañan climas emocionales. Lo que denominamos presente es solo la sombra del pasado; así como el futuro solo es la prolongación de esa sombra. Crecemos en esta dinámica que termina dando forma a nuestra identidad superficial, a lo que creemos ser, a lo que llamamos Yo. A fin de cuentas el Yo es producto de la actividad mental que nos lleva a identificarnos con una identidad evocada de pasado y proyectada hacia una identidad soñada de futuro. El Yo es producto de pensar en identidades surgidas de un tiempo que no existe. El Yo construye su identidad haciendo todo lo posible por mantener vivo el ayer inexistente y proyectándose hacia el mañana que le permita redimirse con el espejismo de su esperanza.  El Yo que da forma a nuestra cultura y comportamientos es una ilusión que surge de la actividad de vivir pensando en el tiempo, dinámica que ha tomado el control de nuestras vidas a través de la divagación. El Yo superficial esta estrechamente ligado a pensar en tiempos que no existen. El Yo tradicional mediatiza el presente en función del pasado o del futuro, incapaz de sostener su identidad solo con la experiencia del presente.

Somos en buena parte el fruto del condicionamiento de la educación que otras personas nos proporcionaron. Entre todos esos condicionamientos quizás el que mas ha afectado a nuestra existencia es el del tiempo. Desde pequeños aprendimos a condicionar el presente a nuestras metas, es decir al futuro. Para llegar a ser alguien en la vida, se nos enseñó, que debíamos estudiar una carrera que nos «preparase» para convertirnos en personas de valía, en profesionales competentes. No solo aprendimos en esta dinámica que el valor no estaba en nosotros mismos, en lo que éramos, pues estaba condicionado a aquello que debíamos alcanzar, sino que aprendimos a «soñar» el futuro como algo que existe y que alberga el valor de la esperanza, por el cual podemos concebir un presente mejor que el actual. Ambas coordenadas realmente no existen en la realidad, solo existen en nuestras mentes. Si dejamos de pensar en el mañana, este «desaparece» pues nuestra mente deja de tenerlo en cuenta. Si dejamos de cifrar «nuestras esperanzas» en el futuro, desaparece esta presión pues el futuro no existe como realidad que pueda presionarnos, el futuro «existe» solo si lo pensamos.

Realmente es muy desorientador para el modelo de vida que hemos vivido hasta ahora, aceptar que ni el pasado ni el futuro existen, que lo único que existe es el instante presente.

Aceptar que el pasado no existe, tiraría por la borda la creencia de que el ayer me «empuja» con sus culpas y asignaturas pendientes, pues me implicaría a aceptar que este solo existe en mi imaginación y que el sufrimiento o el placer que me proporciona el evocarlos solo es fruto de un espejismo, de la ilusión de imaginar como vivo algo que en realidad no existe.

El pensamiento que es una herramienta extraordinaria proporcionada por la evolución, esta viciado en su uso por un modelo heredado por vía de la educación que ha ligado la vida humana a la ilusión del tiempo. La mayor parte de nuestros pensamientos siguen la dinámica de aferrarnos a las experiencias del ayer para luego proyectarnos hacia lo que imaginamos está por venir. Del pasado al futuro y del futuro al pasado discurre la vida en un pendular ininterrumpido. Las emociones acompañan cada acto imaginativo dando realismo, calor y color al espejismo. Poder evocar el pasado o prever el futuro a través del pensamiento a fin de aprender de nuestras experiencias o para ayudarnos  a organizarnos proactivamente, no justifica vivir adheridos emocionalmente a la dinámica divagante que crispa nuestro pensamiento. Este estado alterado de la imaginación nos desubica respecto al presente. Terminamos prestando mayor atención a lo que imaginamos que a lo que estamos viviendo en cada instante. Las emociones que acompañan a las imágenes del pasado y del futuro y que dan contenidos a nuestra  divagación llegan a resultar en muchos casos más determinantes en nuestras reacciones que las emociones justificables a los estímulos que nos llegan del exterior. Esto explica muchas respuestas que damos y que otros encuentran desproporcionadas. En su generación han gravitado mas las emociones asociadas a imágenes internas que no las emociones asociadas a las imágenes que construimos a partir de lo que percibimos con los sentidos que nos conectan al exterior..Evocando a Calderón de la Barca diríamos que desde esta forma de vivir…» la vida es sueño..», sueños de pasado y de futuro alejados de la única  realidad donde discurre la vida: el presente.

El pensamiento compulsivo o la incapacidad de detener la divagación constituyen una seria disfunción para nuestras vidas. Una fuente de enfermedad y sufrimiento. Separados del presente por  el tiempo psicológico nos aislamos del momento de nuestra vida. Este desenfoque nos separa de nuestra vida real generando temores y ansiedad. Separados de nuestra propia vida damos forma a un falso Yo elaborado por el pensamiento que nos mantiene separados del tiempo real. Esta separación de nosotros mismos también nos crea la ilusoria separación de los demás, del mundo, la vida y la naturaleza. El Yo del tiempo es un Yo que nos separa, que nos aísla de los demás y la naturaleza a través de una cortina de creencias y supuestos que se interponen con la vida real. Solo cuando somos capaces de vivir con plenitud el presente mas allá de nuestros pensamientos surge una identidad que nos une, nos conecta con nuestra propia vida y nos permite sentirnos vinculados a los demás y a lo que nos rodea, formando parte de algo mayor que nos incluye.

El pensamiento divagante y el tiempo son fenómenos inseparables. Podemos desde él, incluso tener la ilusión de que vivimos el presente cuando interpretamos lo que vivimos con perspectivas de pasado o futuro.

Cuando vivimos atrapados en nuestros pensamientos quedamos esclavizados al fantasma del tiempo a través del péndulo de la evocación del pasado y la anticipación del futuro, perdiendo conexión con el único tiempo que existe: el presente, el tiempo real o el tiempo de la vida. Cuando somos capaces de centrar nuestra atención al presente de nuestra vida, comprendemos esto en profundidad y experimentamos un profundo alivio que nos libera de las garras del fantasma del tiempo. Cambia nuestra forma de ver y nos llenamos de energía y vitalidad. Vivir el presente nos liga a nuestra vida, a la única que existe. Al vivir el presente, más allá del pensamiento nos liberamos de la ansiedad que provoca nuestro desencuentro con nosotros mismos siendo capaces de conectarnos de forma significativa con lo que somos y con lo que nos rodea.

Cuando construimos la vida fuera  del presente, la identidad que vamos construyendo distorsiona nuestra experiencia de la realidad. Lo que creemos ser, toma forma a partir de imágenes y emociones del ayer que no existe, compensado por climas que buscan su solución en un mañana que tampoco existe. Es difícil responder de forma libre y creativa desde un molde de identidad basado en ilusiones. Interpretamos lo que perciben nuestros sentidos a través de un filtro ilusorio que distorsiona seriamente lo percibido. En nuestras representaciones se hace patente que inferimos, desde el filtro de la ilusión pasado-futuro, mucho más de lo que percibimos desde el presente con nuestros sentidos.

Cuando intentamos comprender algo de la realidad desde una condición desatenta del presente, nos volvemos ineficaces, ya que nuestra atención se encuentra arrastrada por el flujo de la divagación y no concentrada en los sentidos que nos ofrecen la información sobre lo que precisamos descubrir. Para descubrir como son las cosas es preciso aprender a atender sin juicios ni interpretaciones; atentos a lo que percibimos, y alejados de las interpretaciones constantes que nos aportan las divagaciones. Cuando logremos captar suficientemente la naturaleza de aquello que pretendemos comprender, podremos elegir concientemente pensar, analizando, relacionando y asociando sobre aquello que previamente atendimos sin los prejuicios  que proyectamos desde  la divagación.

Cuando intentamos comunicarnos desde una condición divagante no somos capaces de escuchar  de forma atenta y desprejuiciada, por lo que difícilmente lograremos entendernos con los demás de forma efectiva. La atención va y viene adhiriéndose a las imágenes y emociones que nos propone el pensamiento compulsivo. Por otro lado esas imágenes y emociones están asociadas a recuerdos, temores y ansiedades que afectan en forma de prejuicios a cualquier comunicación. Perdemos la oportunidad de atender al otro con dedicación y de forma abierta y significativa, y con ello la posibilidad de acercarnos al otro, comprenderlo y que experimente en el afán de escucharle  nuestro respeto a su opinión. La comunicación significativa entre las personas, la que permite que la gente se descubra, acepte y reconozca, esta condicionada por nuestra capacidad de escuchar con empatía, y esta a su vez depende de nuestra capacidad de vivir atentos al presente.

Cuando nuestra vida se separa de la atención al presente, se produce un desgarro en nuestra integridad. Nos llenamos de tiempo psicológico, dando paso a los sentimientos de temor y vacío existencial. Nos sentimos incompletos y comienza una desenfrenada búsqueda de ensueños que nos ayuden a compensar la necesidad de volver a estar completos. En ese entorno surgen los deseos. Los deseos son mecanismos compensatorios de la necesidad. Mientras las necesidades solo se satisfacen en el presente, los deseos se alimentan de las compensaciones que tiñen el futuro con los colores del pasado. Los deseos, incapaces de generar satisfacción pues no son necesidades, son parte del sistema de la ilusión del tiempo. Pueden desencadenar placer pero jamás se completaran en un ciclo de satisfacción que nos permita evolucionar. Los deseos al igual que el tiempo crean encadenamiento y dependencia psicológica. Centrarse en  deseos crea dependencia, hacerlo en las necesidades es liberador. Detrás de los deseos hay tiempo. Detrás de los deseos esta el vaivén del péndulo que nos lleva a vivir soñando la ilusión de los  temores del pasado con el espejismo de compensarlos en el futuro. Desde este sistema ilusorio no es posible alcanzar soluciones reales. En este sistema anida el drama de la separación del hombre con su propia vida. Una separación que es fuente de la violencia interna que sostiene los ciclos destructivos de aquellos que viven sus vidas atrapados en la ansiedad del tiempo.

Nuestra existencia es parte de la energía del universo manifestada en la escala de la vida. No es indistinto lo que hagamos con ella. El espacio de nuestra existencia constituye la oportunidad fascinante de contribuir a la evolución de forma conciente y responsable, cuidando con amor la creación única e irrepetible que somos nosotros mismos así como la del universo que nos incluye.

Ser responsables con nuestra existencia implica aprender a usar responsablemente la energía de nuestra vida, un recurso que malgastamos a «manos llenas» divagando y perdiendo nuestra atención al presente.

Enfocar la vida desde la perspectiva de la energía puede brindarnos un claro panorama para atender las diferentes manifestaciones de la vida. Por ejemplo los bloqueos  emocionales impiden la libre circulación de la energía, pudiendo llegar a derivar en enfermedades. Comprender la vida como un sistema de circulación de la energía  nos propone concebir a la inteligencia del mismo vinculado a su capacidad de que la energía circule por el sistema. Se estima que solo utilizamos el diez por ciento de nuestros recursos cerebrales. Abrir el sistema a las nuevas potencialidades aumentará nuestra capacidad e inteligencia para integrarnos concientemente a la oferta de la vida. Enfocar la atención al presente, a la vida que discurre, aumenta la efectividad de nuestras decisiones pues despejamos la distorsión que aportan los pensamientos alterados que acompañan a la divagación.